20 mayo 2018

Vídeojuegos favoritos de niños de 8 años

Cuando estaba embarazada pensaba en la posibilidad de que mi maestro, el Lama Yeshe, que acababa de morir en California, se reencarnase en la criatura que yo llevaba dentro. Pero era tan sólo un sueño, una de esas cosas que piensas de forma idílica, pura fantasía. Y ya ves, a los siete meses de nacer mi hijo, el Lama Zopa descubrió en él algunos indicios de que el pequeño Osel, un bebé tan normal como los demás, podría ser la reencarnación del Lama Yeshe». María Torres, la madre del pequeño Osel, es una mujer feliz. Absolutamente feliz. 

El que su hijo viva desde los dos años fuera de casa tan sólo le colma de satisfacción. «La idea de que un hijo tuyo se eduque tan lejos en un principio es dolorosa, pero yo entendí rápidamente que además de ser mi hijo era mi maestro, como lo era el Lama Yeshe. Sabía que como madre debía ayudar todo lo posible en su formación pero a la vez comprendía que por mí misma era incapaz de darle la educación tan especial que necesitaba un niño reconocido como la reencarnación de una Lama. Permití, encantada, que se lo llevaran, que le dieran un bagaje cultural que yo no podría darle». El Dalai Lama confirmó en 1987 que Osel era la reencarnación del Lama Yeshe, legendario maestro y propulsor del budismo tibetano en Occidente. Esta consideración guarda una estrecha relación con la alta estima en que se tiene en los círculos budistas de todo el mundo a Osel. Si la principal contribución del Lama Yeshe fue presentar el budismo de forma asequible a la civilización occidental, su decisión de que su mente permaneciese en el cuerpo de un niño granadino podría traducirse como la intención de que el budismo continúe extendiéndose por este lado del mundo y traduciéndose a la mentalidad europea. 


Basili Llorca, un monje budista que además ha sido tutor del Lama Osel, reconoce que la necesidad de que el budismo siga expandiéndose por Occidente puede haber influido en que Lama Yeshe escogiera a un niño español. Los lamas -o maestros espirituales- no tienen obligatoriamente que ser monjes. Son aquellos budistas que tienen capacidad para transmitir su sabiduría y ayudar a los demás. Pero además se da la circunstancia de que ellos, cuando les llega el momento de la muerte, pueden elegir la continuidad de su espiritualidad y su saber en una nueva vida, reencarnádose en un nuevo lama. Osel, el primer y único lama nacido en España -donde por cierto el budismo no tiene una tradición histórica significativa como en otros países europeos- ingresó a los seis años en la Universidad Monástica de Sera, institución tibetana afincada en el sur de la India. Antes había estudiado durante más de un año en colegios del sur de Francia y Suiza, donde comenzó a familiarizarse con el alfabeto tibetano. En la Universidad de Sera, donde residen unos dos mil monjes de todas las edades, comparte una pequeña casa con jardín, construida especialmente para él, con su tutor, el español Juan Manzanera, y otros dos monjes, uno de origen griego y otro tibetano. En Sera estudian otros 500 niños de muy diferentes nacionalidades, por lo que Osel tiene cientos de amigos con los que compartir sus horas de juego. Pero tan sólo 50 personas, de todas las edades, son lamas reencarnados y reconocidos como él. Lama Osel alterna durante el día las clases con las horas de juego y de descanso. 

Los videojuegos, las construcciones con Lego y escuchar cuentos españoles se han convertido en las actividades preferidas de este niño de ocho años, que desgraciada o afortunadamente nunca ve la televisión. A su paso por Madrid esta semana, confirmó su pasión por (dos juegos electrónicos y el Lego, para construir con ladrillos pero sin cemento». Lama Osel quiso también dejar bien claro que le encantan «la tortilla española y esa cosa roja tan buena, el chorizo». Una profesora norteamericana de origen hispano, Norma Quesada, le imparte clases de conocimientos básicos. En diciembre, Osel Hita superó satisfactoriamente las últimas pruebas, que corresponderían a los exámenes de 3º de EGB. Además de dominar el castellano, el tibetano y el inglés, el Lama Osel está recibiendo la instrucción budista tradicional. De momento, aprende pequeñas prácticas meditativas y memoriza versos cortos, oraciones y alabanzas. 

A sus ocho años, aún es pequeño para las cuestiones metafísicas y devocionales. Sus profesores coinciden en afirmar que Osel es un alumno muy listo y más rápido que los jóvenes tibetanos a la hora de asimilar conocimientos. Confluyen en él una serie de circunstancias que hacen de él un niño demasiado maduro para su edad, según sus propios profesores. Por una parte, la educación occidental y la conviencia durante los primeros años de su vida con su familia han contribuido a que sea un niño bastante receptivo, según Basili Llorca, uno de sus tutores. Además, Osel Hita ha dado la vuelta al mundos en dos ocasiones, visitando, entre otros lugares, Estados Unidos, Nueva Zelanda, Australia, Europa y todo el lejano Oriente. Basili Llorca, el monje valenciano que ha acompañado a Osel durante cuatro años, asegura que Osel irradia una sensación especial, «es una especie de polo de atracción, todo el mundo se acerca a él, aún sin saber quién es. Tiene una madurez que no es normal. Como si detrás de una máscara de niño hubiera un adulto». Osel llegó el viernes a Bubión, un pueblo de montaña de las Alpújarras granadinas donde vive su familia. Allí, sus padres dirigen el centro budista Osel Ling, uno de los cuatro que se crearon en España a raíz de la visita de Lama Yeshe en 1977.

El pequeño Lama Osel aprovecha sus vacaciones escolares para visitar a sus padres -que suelen ir una vez al año a la India- y a sus seis hermanos. Pero no dispone de todo el mes de descanso para pasarlo en Granada, ya que ha tenido que acudir primero a otros lugares del mundo donde era reclamado por los discípulos del Lama Yeshe, que querían conocer a la reencarnación del maestro. Osel por fin podrá vestir «de paisano» para juguetear por las calles de su pueblo, Bubión, pero con una salvedad: cuando el pequeño Lama viste pantalones vaqueros, camisetas o anoraks corrientes debe respetar la gama de los colores rojos y amarillos de la indumentaria budista. Su madre, María Torres, le tenía preparada ya la ropa para sus vacaciones de acuerdo con las normas budistas y se planteba en los últimos días la forma en la que tendría que tratar a ese hijo tan especial: «No lo veo mucho, pero cuando estoy con él, la relación es muy intensa. Trataré de envolverle en el ambiente más normal. Tendré mucho cuidado con la televisión porque como no la ve nunca se puede quedar impresionado. Pero por otro lado, sé que él está en una burbuja y debe percibir también la realidad, el mundo al que pertenece».

Osel continuará su educación en la Universidad hasta que obtenga el título de gueshe, equivalente al doctorado en filosofia y metafísica. Sus padres y sus preparadores insisten en que gozará de plena libertad al elegir su profesión. Según su madre, «como monje o como laico difundirá su sabiduría. Quién sabe si a lo mejor, la manera idónea de lanzar un mensaje en el siglo XXI es ser cantante de rock». Su tutor, Basili Llorca, explica que «tenemos una actitud positiva hacia él, intentamos darle la mejor formación, pero finalmente será Osel quien decida sobre su futuro. Ya dijo el mismo Buda No os creais nada de lo que digo; sopesad, medid, considerad todas mis enseñanzas. Por tanto, espero que no nos estrenos equivocando».

12 mayo 2018

Las mujeres huyen de los charlatanes

La obra de Barbara Ehrenreich y Deirdre English no es desconocida para los lectores españoles. Las tristemente desaparecidas Ediciones de La Sal llegaron a publicar hasta tres ediciones del folleto que está en el origen de este estupendo libro pues, como cuentan las autoras, en él no hacen sino presentar de forma ordenada los centenares de documentos que les fueron remitidos por los lectores norteamericanos de su primera obra. En aquella edición se incluían dos artículos. Por su propio bien es una reconstrucción de la historia de la medicina norteamericana de los últimos ciento cincuenta años desde el punto de vista de las mujeres, en su doble papel de practicantes y de usuarias de los servicios médicos. El panorama que se ofrece no puede ser más fascinante. 

La clase médica norteamericana carece del carácter de «sacerdocio civil» que la tradición impone a la europea y, desde un principio, se movió sin tapujos por impulsos netamente crematísticos. En consecuencia, se sometió sin dudar, en un primer momento a la demanda de su clientela más adinerada y, ya a finales del XIX, cuando la investigación sanitaria empieza a requerir de inversiones considerables, a los dictados de los benefactores que financiarán laboratorios y hospitales. En este caso, los grandes empresarios de la industria y las finanzas. Este peculiar desarrollo de la medicina a capricho del mundo del dinero corre parejo a la creación de un nuevo estereotipo de mujer. la mujer romántica. A principios del XIX, el pensamiento revolucionario burgués elaborará dos modelos femeninos alternativos: el racional, basado en el principio de igualdad, que pretende la incorporación de la mujer a los ámbitos modernos de la industria, la política democrática y el mercado, y el romántico, que mantiene a la mujer en el hogar, el reducto burgués de la naturaleza, la paz y los afectos en un mundo dominado por la lucha feroz por la supervivencia. El modelo romántico de femineidad se impondrá ampliamente. 


Pero, a medida que crece el mundo moderno, el hogar se va quedando vacío. Las dignas esposas de los industriales de Boston y Nueva York ven como, día a día, sus vidas van perdiendo sentido. Las sirvientas hacen el trabajo de la casa, los internados educan a los niños, el marido pasa fuera todo el día y las obras benéficas aún no se han puesto de moda. Un vago malestar se apodera de las señoras. Y ahí está el médico de familia, cuyos emolumentos abona generosamente el esposo, para hacerlo desaparecer. La receta es unánime: desde su más tierna edad, una mujer de clase debe apartarse de toda actividad, especialmente intelectual, so pena de enfermedad. La doma de las mujeres del XIX pasa por su transformación en enfermas crónicas. Las manifestaciones. funcionales de la biología femenina se convertirán en verdaderas dolencias, que precisan largos tratamientos. Como hacen notar las autoras, tales tratamientos son tan caros como careces de cualquier base científica. De hecho, es la época dorada de la adicción de las amas de casa al opio, en sus más variadas presentaciones farmaceúticas. 

Mientras tanto, las mujeres de las clases populares son atendidas por otras mujeres, las sanadoras, que practican una medicina tradicional, basada generalmente en la observación empírica de las virtudes curativas de las plantas. Poco a poco, los médicos formados en las escuelas de medicina, y más tarde en las universidades, las irán sustityendo. Como apuntan Ehrenreich y English, la disputa entre médicos regulares y sanadoras por la clientela de los barrios pobres no se encona hasta finales del XIX, cuando se introduce en Estados Unidos la medicina experimental. Los nuevos tratamientos no pueden ser experimen tados impunemente con un paciente de pago: es preciso que los desheredados de la'ab fortuna presten sus cuerpos a la ciencia en los recién inaugurados hospitales universitarios. El siglo XX se inicia, pues, con una epidemia masiva de «trastornos femeninos» y el destierro definitivo de la medicina de la cultura popular. Las mujeres caen sin escapatoria posible en manos de los expertos. El mayor avance sanitario de finales del XIX fué, sin duda, el decubrimiento del papel de los microorganismos en el desarrollo de las enfermedades. 

El terror a los gérmenes se extiende tan deprisa como sólo puede extenderse el terror. Los médicos descubren en el ama de casa de clase media, hasta entonces no demasiado ocupada, una aliada a la que victimizan. La obsesión por la higiene multiplica el trabajo doméstico. Desde entonces hasta hoy, miles de millones de mujeres, cuyo número crece a medida que se extiende por el mundo el american way of life», comprarán emplearán sin reposo cualquier producto de limpieza cuya publicidad asegure que «destruye los gérmenes». Locura germicida que no se sabe haya desterrado ninguna enfermedad importante, pero que nos permite acostarnos cada noche con la conciencia tranquila: a pesar de que hemos convertido el armario de la cocina es un arsenal de productos tóxicos, la televisión nos asegura que «velamos por la salud de los nuestros». En los años treinta, la obsesión por la limpieza y la práctica desaparición del servicio doméstico desterrarán, por un momento, el fantasma de los «trastornos femeninos». Los psicoanalistas se encargarán de devolver a las mujeres su viejo amigo, el malestar. 

La vulgarización del psicoanálisis en los cuarenta hará recaer sobre las mujeres, y más específicamente las madres, la culpa de todos los males de la sociedad norteamericana. Es la época del «descubrimiento del niño», que encuentra en el experto a su mejor aliado, que le protege de la madre castradora, de la madre permisiva, de la madre psicótica. La maternidad, como la misma femineidad, es para la tradición psicoanálitica pura patología, desviación de lo genérico humano... Sólo bien entrados los setenta los expertos iniciarán una decadencia que aún no se ha consumado. Porque más que de decadencia puede hablarse de degradación. El pulido y circunspecto médico de familia, el docto y laborioso investigador bioquímico, el psicoanalista que se había codeado con la mejor sociedad europea se han visto desplazados por vuduastrólogos, magicómicos computerizados, karmacharlatanes y otra infinita ralea de suplantadores. Quizá sea lo que se merecen los norteamericanos de hoy. Aunque entre sus filas se encuentren ensayistas tan sensatos y cuidadosos como Barbara Ehrenreich y Deirdre English.

05 mayo 2018

Superando la depresión y el suicidio

Hace ya muchos años, Norman Mailer dijo de William Styron que, con Estirada en la oscuridad, su primera obra, había escrito «la novela más hermosa de nuestra generación». Ahora, tras un tiempo sumido en el silencio, William Styron regresa con una amarga historia, la del mundo del tiempo de su depresión: Darkness visible. A los 60 años, William Styron había decidido suicidarse pero no tenía muy claro de qué forma: si con un cuchillo abriendo sus venas o con una soga rompiendo su cuello. El caso es que estaba decidido a suicidarse, arrastrado por una terrible e insuperable depresión. Darkness visible, un libro breve, sólo 86 páginas, es el resultado de una larga meditación sobre esa depresión que el autor sufrió allá por el año 1985. Depresión o melancolía, depresión o hipocondría, depresión o «ese perro negro».

Algo que Styron, un escritor sureño que ha escrito sobre el Sur a partir de lugares alejados de aquella geografía, cree que en su caso está ligado a un sentimiento melancólico de pérdida: se quedó sin madre, una cantante, siendo niño. William Styron -autor de La decisión de Sophie, La larga marcha, Esta casa en llamas...- con Tiesa que fue un gran bebedor. Al dejar el alcohol, entró en una fase de ansiedad que se negó a admitir. Era un hombre y el principio de toda masculinidad es que un hombre supera todas las crisis. Poco después llegaron las pastillas. Más tarde la adicción a los calmantes, que le tranquilizaban, pero le abocaron al mundo de la depresión, como efecto secundario de las dosis prescritas con exceso que producen daños colaterales. Todo su mundo se le fue complicando, se fue cerrando, y el morboso placer por el suicidio se fue adueñando de él.


Una noche, inmerso en el pozo de la depresión, se forzó a sí mismo a ver unos minutos de Las Bostonianas, serial basado en la obra de Henry James y, mirando a la pantalla, escuchó la voz de una mujer cantando la Rapsodia de Brahms, y aquel sonido le transportó a su niñez y escuchó la voz de su madre que solía cantar esa canción en la que la música de Brahms y las palabras de Goethe dan paso a la esperanza después de la gran tristeza. Al día siguiente William Styron decidió ser valiente, asumir que era un enfermo mental. Tatareando la melodía de Brahms, se vistió elegantemente y se dirigió hacia el hospital para afrontar su destino de hombre fronterizo con la locura. El hospital le ofreció un rincón seguro y una terapia infantil. Hoy Styron sabe que puede recaer pero ha descubierto que se puede sobrevivir. 

Darkness visible es un mensaje a los hombres y mujeres que como él sienten la angustia de eso que todos vemos alguna vez al mirar más allá de la ventana: el paisaje de la melancolía. Darkness visible, su libro, lleva el subtítulo Memoria de la locura y es, paso a paso, la crónica dura y lúcida sobre un hombre inmerso en el mundo alucinante, fantasmagórico, de la enfermedad mental. Le llevó un año recuperarse. Luego, surgió la necesidad de escribir sobre lo que le había ocurrido, de afrontar con estilo directo la historia clínica de un período de su vida que le llevó a abandonar la escritura, a dejar de ver a sus amigos, a tener conflictos con su esposa, a obsesionarse con el suicidio como única salida.

Al principio, intentó relatar esa vivencia como si fuese una novela, pero descubrió que «algo» no funcionaba y abandonó el proyecto hasta que un día, escribiendo para New York Times un artículo sobre el suicidio del escritor italiano Primo Levi, expresó algo tan directo sobre la depresión que mucha gente le escribió identificada con lo que decía. Una de cada diez personas se calcula sufre depresión clínica en algún momento de su vida. Los que escribieron a William Styron estaban inmersos en la depresión, o lo habían estado. El escritor decidió volver a su historia, dejando de lado la ficción, y entonces percibió que el suicidio que le había perseguido era un tema constante en sus novelas.

27 abril 2018

Soraya la descuartizadora

Gabriel Jiménez (que tiene la misma cara, por cierto, que su hermana, la tonadillera María) se arrojaba de niño desde el puente de Triana a las aguas rojas del Guadalquivir para que los turistas, persuadidos de que asistían a algún rito ancestral sevillano, se descolgaran con alguna propina. Lástima que en aquello no hubiera otro rito, ni otra puñeta, que la pura necesidad, y así, cuando a los nueve años Gabriel asaltó un puestecillo de chucherías (también tenía necesidad de ser niño y de pillar cosas de niño a los nueve años), la sociedad le respondió enviándole cinco años a un correccional. Al de Alcalá de Guadaira, precisamente. 

Pero aunque a Gabriel y a José Antonio siempre les tiró más la cosa preventiva que la punitiva («De los yonquis todo el mundo abusa: los camellos, los peristas y hasta los propios comerciantes que, al denunciar el robo, exageran siempre el monto de lo sustraído»), y mucho más la compasión que la imperturbabilidad policíaca, no podrían hacer nada, o muy poco, si no fuera porque su jefe, el comisario Gerardo Pérez, el alcalde, Manuel Hermosín, y la jueza, Isabel Fayula, les dejan hacer.

Pero, ¿qué demonios hacen esos dos maderos para que las mujeres les paren para besarlos en la calle o, lo que es más inconcebible, para que los heroinómanos vayan a buscarlos a la comisaría? Muy sencillo: se han propuesto devolver la vida, y el brillo de los ojos, y la pasión sexual, y la consideración propia y ajena, a los doscientos heroinómanos de Alcalá de Guadaira, a las doscientas sombras que deambulan del Puente (donde se pilla el caballo) al Castillo (donde se lo ponen) como si fueran 'las heces de la Santa Compaña. 


El cómo se lo montan estos dos misioneros con placa que ya están recibiendo ofertas para fichar por otros pueblos lo contaremos después, porque, de lo contrario, una vez metidos en harina, no habría manera de recordar que en Alcalá de Guadaira, el escenario de los hechos, se elabora desde antiguo el pan más rico y más blanco de Sevilla, que su castillo árabe es el segundo más grande que se conserva en la Península (caben, por desgracia, los doscientos yonquis a la vez) y que sus famosas aceitunas aliñadas tienen un poco de truco: el pimiento del relleno no es pimiento propiamente dicho, sino una pasta con colorante que da el pego. Por lo demás, las cincuenta o sesenta mil personas que actualmente habitan el pueblo no padecen los achuchones del paro y del olvido como en tantos otros rincones de Andalucía, y el emporio industrial (pan, conservas) que siempre fue lo sigue siendo con su cinturón de industrias, siete de las cuales emplean a más de quinientos trabajadores. 

La comisaría de Alcalá de Guadaira, que cuenta con una dotación de 61 policías uniformados y nueve inspectores, está instalada frente a la Iglesia, en un caserón enorme y ligeramente desvencijado. Cada mañana se organizan dos colas en su puerta: una para la cosa del DNI, y otra, más nutrida, compuesta por drogadictos y sus familiares, que esperan la vez para hablar con Gabriel, o con Antonio, o con el comisario, don Gerardo, definitivamente ganado para la causa. Don Gerardo, que al principio no las tenía todas consigo respecto a la pasión desintoxicadora de sus agentes, guarda hoy en una carpeta las cartas de los presos, y de los desenganchados, y de las familias que expresan su gratitud por la labor de esos extraños policías. No ignora don Gerardo que crímenes, lo que se dice crímenes, hay muy pocos en Guadaira (el de Soraya la descuartizadora, que troceó a su marido con la ayuda de un taxista, es un caso excepcional), pero que la mierda que se chutan los jóvenes del pueblo tiene efectos más destructivos que un bombardeo aliado. 

Es lo que dice Gabriel Jiménez: «¿para qué queremos que haya fuentes, y flores, y calles con buenos pavimentos y esas palmeras tan bonitas, si los jóvenes se mueren y no lo va a disfrutar nadie?». En efecto; los cadáveres no disfrutan de esas cosas, y el chorreo de muertos por sobredosis, o por adulteración, o por infecciones anejas al consumo, se ha disparado en los últimos tiempos: cinco muertos en dos años, el último, un chaval de 19 primaveras enteramente ajadas, hace un par de semanas, junto a un contenedor de basura. 

Lo que hacen Antonio y Gabriel tiene un mérito enorme, y la verdad es que hay que verlo para convercerse de que no se trata de un ardid propagandístico de Corcuera. Su sistema terapéutico, tan elemental, no se le había ocurrido, sin embargo, a nadie. Manuel María Galindo, un chaval excelente que hace apenas tres meses era un espantajo, lo resume con precisión admirable: «Si quieres desengancharte lo tienes que hacer en tu barrio, en tu sitio, en el mismo ambiente. Si te vas por ahí, a un centro de fuera o a una granja, la vuelta a lo de siempre equivale a eso, a la vuelta a lo de siempre. Si consigues vencer la adicción en medio de todos los recuerdos, de todas las tentaciones, estás curado». Así es, y Antonio Rojas y Gabriel Jiménez, cuyas teorías se ciñen estrictamente al empirismo de la calle, están ahí para demostrar que eso es posible.

Muy duro, pero posible, siempre y cuando haya tipos que, como esos dos polis, no reparen en gastos, quieran y sepan, sobre todo que quieran y sepan, porque para pasarse ocho o diez noches infernales, las que dura el «mono», al lado de las criaturas, hay que saber. Y poder. Porque son diez noches de espasmos, y de alaridos, y de un frío tan desproporcionado que quema los huesos y taladra las cervicales, y vaya si hay que saber estar ahí, en un jergón al lado del muchacho, en su casa, y ponerse a darle masajes a las cuatro de la mañana, y que si ahora una tila, y ahora el discurso de «Puedes, verás como puedes» por enésima vez, y ahora, porque si no va a estamparse la cabeza contra la pared, sujetarle a la cama con unas vendas elásticas.

21 abril 2018

Las yonquis de Alcalá de Guadaira

Hasta los gitanos, que pertenecen a la comuna más reacia a relacionarse con «la madera», empozaron a ver el asunto con otros ojos, y la misma mañana que este reportero visitó la comisaría se produjo en la misma puerta ese milagro: un chaval gitano, recién salido de la cárcel, amarillo como un limón, lleno de mataduras y transparencias, estaba esperando a los policías para rogarles que le quitaran del caballo: «Por mi culpa se han enganchado dos hermanos pequeños, y a mi madre la estoy matando». 

La imagen de Antonio Vargas Saavedra (padres y diez hermanos hacinados en un piso «social» de 60 metros cuadrados) en la puerta de la comisaría, desafiando las turbias miradas que quisieran verle como un confidente, da una idea de la que han organizado Antonio y Gabriel. Después de asegurarle éste que por la tarde iría a verle y que esa misma noche podrían empezar («Pero tienes que encerrarte en tu casa y no salir hasta que yo vaya, ¿eh?», Antonio Vargas, que se ha pinchado hace un rato para reunir fuerzas, le coge de la manga y le dice: «Tú estás sacando a muchos de esto, te mereces un montón de galones aquí».


Las «yonquis» de Alcalá de Guadaira, que las hay, lo tienen más crudo que los varones: no tienen a nadie que se ocupe de ellas. «Nosotros no podemos -dice Antonio Rojas, no podemos pasarnos las noches con ellas como hacemos con los chicos. Además, están más enganchadas si cabe que ellos, y no sé si tendríamos el mismo éxito, creo que no». Una solución podría ser que alguna mujer policía de Sevilla se trasladara a Alcalá, pero no es eso lo único quedes falta. En realidad, salvo las ganas y el natural bueno y dócil de los toxicómanos, Antonio y Gabriel no tienen nada, ni un local. «No necesitamos dinero, el dinero es justo lo único que no nos hace falta para nada. Pero sí otro tipo de ayuda, y, de hecho, hay gente que nos proporciona chandals, o vídeos, o cosas así. Ahora bien; lo más urgente es tener una casa para poder pasar allí con los chicos las noches del síndrome, porque en sus casas hay hermanillos chicos que se asustan con los gritos, y, además, siempre hay algún colega que intenta pasarles papelinas de matute, aunque nosotros las interceptamos». 

El comisario Pérez Fernández, que anda feliz pero asustado con la resonancia que están teniendo los métodos de sus agentes, asume su papel de darle un aire orgánico e institucional a lo que no es sino el trabajo de dos tíos valientes, y a tal efecto tiene apuntados los seis puntos graduales de actuación aprobados por la Junta local de Seguridad Ciudadana: 1. Detección del que se está iniciando en el consumo de drogas. 2. Identificación del mismo. 3. Grado de adicción, circunstancias personales y familiares. 4. Conocimiento de las causas motivadoras de la adicción. 5. Contacto con él, concienciación y ánimos para dejarlo. y 6. Promesa de apoyo permanente por parte de los agentes Rojas y Jiménez, compañía diaria y ejercicios físicos coadyudantes del tratamiento médico. Si la jueza se enrolla bien y, cuando la Ley lo permite (lo permite más veces de lo que parece), pasa de ordenar el ingreso en la cárcel de algún drogadicto que ha robado algo y lo pone bajo la responsabilidad de Rojas y Jiménez (que llegaron a encadenarse en las puertas de la prisión Sevilla1 para pedir la excarcelación de uno de sus pupilos), también el alcalde tiene el esencial detalle de proporcionar trabajo a los chicos recién desintoxicados. 

Ahí está, sin ir más lejos, Luis Aguilar García, que llegó a ser detenido tres veces en un solo mes, dándole a la perforadora neumática en una calle del pueblo. El alcalde Hermosín también tiene la costumbre de regalar placas y bandejas de gratitud a la comisaría, pero Rojas y Jiménez, aunque valoran el detalle, lo tienen muy claro: «Ya podían regalarnos menos bandejas y dejarnos un piso para los chavales».

Rojas y Jiménez están embalados y concentrados en lo suyo, y hacen bien, porque, además, saben que con que surgieran en el Cuerpo un centenar o dos de vocaciones como la suya se acabaría hasta el terrorismo en el País Vasco: «Ahora tenemos un chaval, José Alvarez Navarro, que se desenganchó con nosotros pero que, como tenía un montón de causas acumuladas por robo, se enfrenta a una pena de 20 años si no le dan un indulto. El chico se ha quitado, y los propios presos, que lo saben, no se acercan a él a ofrecerle nada. Pero si alguno tuviera la idea, o él mismo, que la vida en la cárcel es muy dura, ahí están los cuatro presos de ETA, que se han convertido en sus guardianes, y no se separan de él ni cuando va a mear, por si acaso. 

Los de ETA, está claro, son en la calle nuestros enemigos, pero nosotros estamos luchando contra la droga, y los que están en Sevilla1 nos están ayudando un montón». Gabriel Jiménez y José Antonio Rojas, esos dos buenos maderos que ni duermen ni nada pero que son felices y les quieren las señoras, y los gitanos, y los «yonquis», no necesitan fama ni dinero, porque, como ellos dicen, «ya quisieran muchos policías que les dieran besos en medio de la calle». El niño que se zambullía en las aguas del Guadalquivir para disfrute de los americanos y el niño sagaz que ya de chico investigaba cuanto se ponía a su alcance no han traicionado la calle, ni a la gente, que les enseñó a vivir. 

Ahora, más que policías, son como oftalmólogos que van devolviendo la luz a los ojos apagados. Porque si los jóvenes no las ven, ¿para qué sirven las fuentes, y las calles bien pavimentadas, y las flores, y esas palmeras tan bonitas?

20 abril 2018

Maradona un drogadicto más

Mike D'Antoni, uno de los más famosos baloncestistas del mundo, responsabilizó «al sistema» del caso Maradona. «Cierra un ojo cuando uno es joven y ya está en la cumbre de la gloria. Pero cuando llega el ocaso, no nos perdonan nada» aclaró. Una opinión que no comparte Gianni Bugno, número uno del ciclismo mundial: «Se derrumbó un .mito. Maradona le disputaba a Pelé el papel de mejor jugador de todos los tiempos y ahora destruyó años de carrera». Diego Armando Maradona era el último totem que faltaba por caer en esta Argentina que se deglute a sí misma. A diferencia de los atildados diplomáticos argentinos, de trajes cruzados y peinados a la gomina, el embajador «Dieguito» recibía en Nápoles a sus visitas con chandal, un aro de brillantes en la oreja y su inconfundible acento de «Villa Miseria» que no quiere disimular.

El robusto don Diego, padre de Dieguito, jamás soñó con un hijo embajador y una mansión a medida. El era un auténtico «cabecita negra» -como llamaba Evita a los obreros que la admiraban, padre de siete hijos. La familia vivía en una de las barriadas más humildes del país, Villa Fiorito. 


Dieguito jugaba en el «Potrero» y estudiaba en la escuela municipal. A los 18 años, era un superstar del equipo Argentina Juniors. En plena dictadura militar, fue transferido al Boca Juniors, el club de «la mitad más uno de los argentinos». Pero este gran club del barrio italiano de Buenos Aires lo vendió al Barcelona, para paliar su déficit, por tres millones de dólares. 

En España los barceloneses lo rechazan, comienzan sus escándalos públicos y privados y sus actitudes de divo. A Dieguito lo hereda el Nápoles por la módica suma de once millones de dólares. No reniega de Villa Fiorito ni de sus hábitos. Se pasea por el mundo con toda su familia, primos, cuñados y amigos, con gastos a su cuenta. Las finanzas comienzan a hacer agua y Jorge Cyisterpiller, el amigo de la infancia convertido en manager, lo abandona en medio de una discusión tumultuosa. Guillermo Coppola lo reemplaza. 

Precoz para el fútbol y el amor, Dieguito se enamora de Claudia Villafane a los 15 años. Su lujosa boda se celebró en Buenos Aires el 7 de noviembre de 1989 con dos originales testigos, sus hijas Giannina Dinorah y Dalma Nerea. Los invitados italianos llegaron en un chárter fletado especialmente y se unieron a los 1.100 argentinos. 

Desde las elegantes terrazas del Plaza Hotel, las «ladies» de Buenos Aires miraban con horror el aterrizaje del clan Maradona -con smoking y vestidos de alta costura- a la elegantísima basílica del Santísimo Sacramento. Después, se celebró el ágape en un estadio de boxeo redecorado al estilo Dinastía. Algunos diarios argentinos especulan que el matrimonio Maradona no atraviesa su mejor época. 

A Claudia le costó superar el incidente de la italiana Cristina Sinagra, quien denunció ante los tribunales que el ídolo es el padre de su hijo Diego Armando junior. El «Pibe» se negó a hacer los análisis genéticos que pueden demostrar su paternidad. 

Después, la prensa italiana reveló el escándalo de Maradona con prostitutas y ahora el dopping. Claudia, una chica de barrio, puede soportar infidelidades y hasta una adicción al alcoholismo pero la droga es casi una palabra tabú para la clase baja en Argentina. Aunque ahora sea una «auténtica new rich», ella no reniega de sus orígenes. Claudia se ha refugiado en casa de sus padres. El clan Maradona ha pasado de Villa Fiorito a la imponente mansión en Villa Devoto, en el oeste de Buenos Aires. La casa de tres pisos, piscina, tenis, gimnasio y tres Mercedes Benz son el regalo que Dieguito ofreció a sus padres. 

Para él ha elegido un piso en la «chic» Avenida Libertador. En el garage guarda dos Mercedes Coupé, dos convencionales, y un Dodge de los años 30 con el interior forrado en satén. Maradona no podrá jugar, durante un año por lo menos, si es considerado definitivamente culpable. Nadie puede imaginar su vida sin el fútbol y soportando la humillante mirada de los que antes lo veneraban. «Sea la sentencia que sea, Diego seguirá jugando al fútbol. Digan lo que digan, es el mejor, jugador del mundo», dijo Marcos Franchi, su nuevo manager. Pero no será lo mismo jugar en Esquina o en el Potrero de Villa que con el aliento de los «tiffosi» napolitanos. 0 el de los tres millones de dólares de contratos publicitarios -sólo de empresas japonesas- que apoyaban año a año al «Pibe de Oro».

11 abril 2018

Jim Morrison practicaba magia negra

Sus papás musicales estarán contentos. Iggy Pop, The Cramps, Screaming Lord Sutch o Jim Morrison pueden sentirse orgullosos; la diabólica semilla de sus excentricidades ha dado fruto. Y es que de no ser por individuos como los de Jane's Addiction, la banda norteamericana que actuó ayer en Barcelona yhoy lo hace en la Sala Universal de Madrid, la raza de grupos rebeldes, de descarado acento provocativo, corría el peligro de extinguirse. 

Los «streaptease» en el escenario, su supuesta afición por las misas negras y lo «sugerente» de la mayoría de sus portadas convierten a este cuarteto, adicto en iguales proporciones al «glam-punk», el «heavie», la ginebra y los estimulantes químicos, en una de las formaciones más interesantes e inquietantes de los últimos años. Interesante para los ya adormilados oidos de los aficionados a las emociones fuertes e inquietante para padres, educadores y demás protectores de la candidez juvenil que se han tomado muy 'en serio la advertencia -«nosotros tenemos más influencia en sus hijos que ustedes»que Farnell y sus secuaces incluyen en Ritual de lo habitual, su último disco.


Pero la comercial provocación y el ansia de escándalo no es todo lo que pueden ofrecer estos californianos, que después de tres discos editados, la verdad es que nos han curado de espanto. Perry Farnell, el enigmático líder de los «Adictos», es todo un intelectual. Aunque por sus greñas de aire «rastafari», la Mantis Religiosa tatuada en el- hombro y su palidez draculina cualquiera le consideraría una especie de psicópata, Farnell tiene editados dos libros de poesía, dirige películas, como Soul Kiss, vídeos -eso sí, con escenas necrofílicas, pinta y esculpe. Quizá demasiada sensibilidad o unos gustos no del todo comprendidos, que han traido más de un dolor de cabeza a los excéntricos Jane's Addiction. Además de las ya normales en Estados Unidos, campañas de censura emprendidas contra sus vídeos, letras de canciones, comportamiento en el escenario, declaraciones y portadas de sus discos. Parece que lo de la palabra «adicción» no es un simple homenaje Juana -una prostituta de Los Angeles, a la que redimieron para convertirla en su mánager- porque sus aficiones por los alucinógenos les han llevado a un par de juicios.

Después de la edición de Ritual de lo habitual, Farnell asegura que todo ha cambiado. Que están limpios y que la banda va en otra dirección, más alejada de su maléfica influencia. «Ahora -ha declarado- estoy muy ocupado con la dirección de una película. Está bien hacer cosas fuera de Jane's Addiction, quiero que el resto del grupo respire y que se mueva fuera de mi influencia. Creo que será más sal udable para ellos y sus padres me lo agradecerán».
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