11 mayo 2013

El miedo de Odeim

De los asuntos de los hombres, y su ley, el joven murciano ha empezado a tener conciencia plena al verse camino de la cárcel. «No volvería a matar a mis padres y a mi hermana, antes me cortaría las manos», dijo tras sus dos primeros días en los calabozos. También explicó al juez que ése no era su primer arrepentimiento, que nada más acabar la carnicería tuvo un breve acto de contrición. Por unos segundos se sintió derrotado, se dejó caer sobre el sofá del comedor y... enseguida se puso de pie y preparó la fuga.

«En estudios que venimos realizando entre jóvenes con alto riesgo de violencia o que viven en contacto con ella», explica la profesora Díaz-Aguado, «detectamos que tienen poca capacidad para juzgar y anticipar las consecuencias de sus actos». También sienten fascinación por las artes marciales y las armas.

La psicóloga no cree que los jóvenes de 2000 sean más violentos que sus antecesores. «Trascienden actos más graves porque los niños y adolescentes están menos protegidos de la información destructiva. Reciben un aluvión en edades en las que no juzgan bien las consecuencias de trasladar a la vida real la violencia que contemplan, o en la que participan, porque muchos videojuegos les hacen personajes activos». El cóctel puede terminar en delirio, sin fronteras entre los dos mundos, cuando coinciden, como parece ocurrir en el joven de Murcia, con una profunda inmadurez, una huida hacia lo virtual, una desconexión del mundo real y un sistema de valores que se resquebraja en el ámbito familiar. «Los padres», se explica Díaz-Aguado, «han renunciado al autoritarismo y la crueldad en el trato con los menores como nunca antes. Hemos tomado conciencia de sus derechos y nuestros deberes, pero no les hemos transmitido la conciencia de sus deberes y sus límites. De ese desequilibrio pueden surgir hijos tiranos y, excepcionalmente, situaciones monstruosas».

Los episodios que esporádicamente alarman a la comunidad educativa son un síntoma más. Según un estudio reciente del Defensor del Pueblo, el 32,7% de los profesores cree que los conflictos con alumnos en sus colegios han aumentado drásticamente. Y en la calle no es un episodio aislado, por ejemplo, la muerte la pasada semana en Barcelona, a patadas de una pandilla juvenil, de un joven de 22 años a la salida de una discoteca. Pocos espacios están vírgenes a la violencia de los pequeños de la casa. Incluso de puertas adentro. De las mujeres que sufren maltrato en el hogar, el 14,1% lo recibe de sus propios hijos.

A quienes, por ser mayores de 16 años, terminan ante los tribunales, les aguarda en breve la nueva Ley Penal del Menor (entrará en vigor el 13 de enero de 2001). Aunque a Rabadán se le juzgue con el actual Código Penal, a partir de esa fecha su pena no podrá ser superior a cinco años, que deberá cumplir en centros de internamientos especiales (la primera cárcel para menores se inaugurará pronto en Santomera, a las afueras de Murcia). Luego vivirá en libertad vigilada, con asistencia educativa, hasta otro máximo de cinco años más. Cuanto menor es la edad, dicen los expertos, mayor es la posibilidad de recuperación. Distinto es que la tragedia, aun habiéndose producido el arrepentimiento profundo, le acompañe hasta el fin de sus días.

En el país de Europa con menos psiquiatras infantiles (uno por cada 53.000 jóvenes, por detrás de Serbia o Bulgaria), por cada menor que es víctima de la violencia hay tres agresores. José Sanmartín, director del Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, donde se han elaborado dichas estadísticas, cree no obstante que no son los medios de comunicación los que predisponen a un joven a comportarse violentamente. «Sólo dan ideas, a quienes ya tienen una predisposición, de cómo pueden hacerlo, suministran bases para su imaginación igual que antes lo hacían los libros o los cómics».

José Rabadán, durante años, fue una esponja. El sábado de la semana pasada decidió exprimirse a sí mismo. Se acostó sobre las tres de la madrugada. Bajo las sábanas palpaba el acero afilado de la espada. En el cenicero, pues había comenzado a fumar, dejó los restos de una noche frenética de caladas. «No pensaba, tenía un plan», ha dicho. Y poco después de las seis y media de la mañana se levantó de la cama, en calcetines, para ejecutarlo sin titubear. Las agujas del reloj aún no marcaban las siete cuando el primer sablazo cayó sobre la cabeza de su padre, que roncaba plácidamente hasta entonces. El ataque, con un golpe tras otro hasta perder la cuenta, duró 30 segundos. En uno de los lances le amputó dos dedos, por lo que se supone que Rafael, de 51 años, llegó a hacer ademán de defenderse.

Cuando asomó en el dormitorio de la niña, donde también dormía Mercedes Pardo, de 54 años, los ojos de la madre estaban abiertos, aterrorizados. «Auxilio, Rafael, auxilio», pudo gritar antes de que la hoja de la katana le abriera la nuca. El sollozo desgarrador de María -«¡mamá, mamá!»- también duró poco. En la nueva vida sin ataduras de su adorable hermano no había sitio para ella. Consumado el sacrificio, el adolescente buscó en su armario un viejo machete, quizás el que compró en Barcelona en su viaje de estudios de 1997, y apuñaló repetidamente a sus progenitores.

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